Relatos

Mi debut en la distancia Ironman

Todo comenzó cuando, buscando retos para la nueva temporada, nos enteramos de que Challenge Madrid iba a cambiar de ubicación a San Martín. Ahí ya empezamos a maquinar si era buena opción dar el salto a larga distancia, algo que teníamos en mente pero nos daba mucho respeto. Pero bueno, aún había tiempo, y lo dejamos pasar. Un tiempo después, en mi cumpleaños, recibí un sobre con la inscripción… Sonia y sus “regalos”. Así empezó la locura, seguido de la búsqueda de un entrenador. Llegó mi cabra y, sin saber dónde nos metíamos, empezaba la preparación. Al principio me parecía muy lejano, ya que aún estábamos en diciembre, pero pronto empiezo a ver los entrenos que marca mi entrenador, con la etiqueta de “flojos”, y me doy cuenta de que no era una broma. En enero, empezamos a llenar la agenda de competiciones, únicamente con el objetivo de preparación para el gran día y, desde febrero, una por mes, algunos meses hasta dos. De este modo, podíamos ver cómo respondía mi cuerpo. Parecía que el entrenamiento estaba funcionando, ya que en Aranjuez hice mi mejor marca en media distancia. Luego, a tan sólo un mes y medio, llegarían Salamanca y Río Seco, últimas competiciones antes del gran día. 

En este punto, mi entrenador me dijo que aún quedaba el último empujón. Por lo visto, lo de antes no había sido nada, y tenía razón, vaya la que me esperaba en esos días. Sin embargo, el apoyo de mi familia fue clave, ya que recibí una sorpresa de su parte que me hizo coger muchísima motivación y energía para lo que quedaba. Últimos entrenos y llegamos a la semana final, en la que yo pensaba que ya estaba todo hecho, pero no era así. Faltaba la parte de logística: bici, material, comidas, entre muchos más preparativos, y a todo ello se le unían los nervios. En una locura la de cosas que se necesitan, o eso crees, porque luego no se usa ni la mitad. El día de antes dormí todo lo que pude y salí dirección a San Martín: recogida de dorsal, reunión técnica y a comer un poco; por la tarde, salí a probar la bici, y me di cuenta de que el cambio no funcionaba bien. No sabíamos dónde meternos, en un ataque de desesperación fui al mecánico y lo dejó solucionado, pero siempre quedaba la inquietud de si al día siguiente funcionaría todo bien. Dejé la bici en el box, entregué la bolsa de correr para que la llevasen a Madrid, y todo listo. Volvimos a casa, últimos preparativos y a dormir pronto. Antes de dormir, me puse un video en el que salen mi familia y amigos dedicándome unas palabras, con fotos desde mis inicios. Lloré como un niño, pero así me desahogué y calmé mis nervios antes de dormir. 

Suena el despertador, 5 de la mañana. Llegó el día, no hay vuelta atrás. Me hice un buen desayuno, preparamos todo y fuimos en dirección al pantano. Dejé las últimas cosas en la bici, aún de noche, y nos fuimos al bar del pantano a tomar un café y a esperar la hora de salida que, por algún problema, se retrasó y salimos más tarde, lo que hizo que mis nervios aflorasen un poco más. Pero bueno, estaba arropado por mi familia y amigos, así que estaba más tranquilo, con muchas ganas de empezar eso por lo que había entrenado tanto. Por fin, nos llaman al agua, ya está todo listo. Suena la bocina y empieza la carrera.

El principio fue como siempre, con todos los participantes muy juntos, hasta que llegué a la segunda boya e intenté coger a algún grupo. Sin embargo, me di cuenta de que iba mejor solo aunque gastase un poco más, así que me mantuve de este modo durante las 2 vueltas, muy a gusto y sin ningún problema. La verdad es que no esperaba esto de la natación, no es mi segmento favorito, pero disfruté sin desear todo el tiempo salir del agua, como me ocurre otras veces. Hice la transición tranquilo, sin prisa, puesto que aún quedaba mucho, y cogí la bici poniendo rumbo al circuito que ya había practicado algún día, aunque me di cuenta de que no lo había hecho bien, ya que me metieron por un desvío distinto. Al principio me asusté un poco, pero me di cuenta de que era más favorable y me alegré. Llego a Cadalso, y allí está mi equipo animándome sin parar, lo que me da una buena dosis de energía para seguir. Este tramo era el más duro, pero también venía mi compi en moto apoyándome, y eso lo hacía más llevadero. Me encontraba muy bien y acabé las 2 vueltas con fuerza. 

Tras ello, me dirijo a Villa del Prado, ya con la cabeza puesta en la autovía, ¡qué ganas tenía de llegar! Sin embargo, aún quedaba una sorpresa: la subida a Chapinería. Se me hizo dura, la verdad, menos mal que arriba estaba el avituallamiento especial. Paré, cogí comida, un bidón, geles, y seguimos. Poco después, vi a lo lejos, en una rotonda, un cartel que ponía “¡Adri, campeón!”. Y allí estaba mi equipo, sin parar de animar. Me emocioné mucho al verlos, y eso me dio fuerzas para continuar. Por fin, vislumbro la autovía. ¡Qué sensación la de ir en bici por ahí! Lloro de alegría, un carril para mí solo, asfalto perfecto para acoplarse y volar. Increíble lo que siento. Poco después, pasan unos locos en furgoneta, con cencerros y las puertas abiertas. ¡Quién iba a ser si no, mi familia de tarados! Pasaron como 3-4 veces antes de que fueran dirección Casa de Campo. Yo seguí dando a los pedales sin parar, comiendo y bebiendo bien para no bajar el ritmo. Últimos 20km, ya se hacía pesado: me dolía el culo, no sabía cómo ponerme y estaba deseando dejar la bici. 

Por fin, allí veo el box. Me bajé de la bici pensando en cómo iban a reaccionar mis piernas, pero hice la transición y salí a correr mejor de lo que me esperaba, aunque también es verdad que era cuesta abajo, y eso ayuda. Me emparejé con un chico que me dijo que también debutaba en esta distancia, y seguimos corriendo juntos hasta la Cuesta de la Vega. Allí, él para un poco por algún problema, y continúo yo solo. La cuesta era muy dura, pero ver allí a la gente animando como si fueras un profesional hace que no puedas parar. Ya arriba, empezaba un bucle de 7 vueltas. Entro en una calle llena de gente, ¡qué locura!, y noto que me mareo, pero de ver tanto jaleo. Hago la primera vuelta y, antes de coger la pulsera, veo a Luis, a Delia y a los niños dando ánimos, y me vengo arriba. Bajo una calle y empiezo a escuchar cencerros, ya estaba mi gente por ahí dando guerra.

A partir de la primera media maratón, las piernas ya empezaban a ponerse duras, y no pude mantener un ritmo fuerte, aunque no paré de correr en ningún momento, algo de fuerza me aún me quedaba. Voy cogiendo las pulseras y, hasta que no doy 4 vueltas, no me entero de por dónde tenía que entrar a meta. Sigo corriendo, me acompaña un rato Gustavo y luego subimos un tramo toda la familia. Esta compañía me daba alas para volar el tramo que me quedaba, únicamente una vuelta me separaba de la meta. Disfruto de esta última vuelta, me siento bien, y vuelvo a encontrar al chico del principio. Intercambiando sensaciones, cojo la última pulsera y ya, por fin, puedo ir a meta. A 200 metros, me esperan todos, y entramos juntos a la meta, qué grande vivirlo con ellos. Después de tanto trabajo, por fin lo habíamos conseguido. ¡Ya tenía mi medalla de finisher! No era consciente del tiempo que había pasado, pero eran 12h10’ desde que sonó esa bocina de salida. Me fui a cambiarme, cena de equipo, recogida de bici, y para casa a descansar. La mejor experiencia de mi vida, y haberla vivido junto a mi gente la ha hecho aún más grande.

Relato enviado por Adrián Zamorano

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