Relatos

ARES DESCALZO. ”Carrera contra El Sol”.

Son las 03:50 am y no puedo dormir, así que, sin pensarlo, mi instinto me lleva a levantarme, ponerme ropa de deporte y salir a trotar (descalzo, por supuesto). Ya son las 04:00 am.

Tras una hora trotando, ya son las 05:00 am, y escucho una voz “cálida” en mi cabeza, es el Sol. Me dice que quedemos en lo más alto del monte Pagasarri, unos 600/700 metros más arriba y a unos 10km de distancia de donde estoy ahora. Le digo que vale, “¿A qué hora quedamos?”

– Yo, a las 06:36 am, estaré allí, pase lo que pase- me dice.

– Ok, pues te echo una carrera, el primero que llegue espera al otro.

Con este reto, mi afán de competición sale a la luz. Voy de camino y, cuando me acerco al pie del monte, no veo nada, las luces de la ciudad han desaparecido, la noche es muy oscura, sin astros en el cielo, y la niebla no me deja ver. Pero tengo la luz de mi teléfono móvil, por suerte.

Empiezo a subir y las rocas resbalan mucho, el barro hace que cada paso me haga retroceder unos centímetros y la barra de energía se quiera agotar, como en un videojuego, pero la felicidad y diversión la mantienen a tope.

La lluvia cae sobre mí, aunque se suponía que no iba a llover. Parece que El Sol ha pedido ayuda a sus amigas, las nubes, para que me lo pongan difícil. Creo que no conoce de lo que soy capaz.

Pero nada, los árboles más altos y densos se ponen de mi parte y paran casi toda la lluvia, los caminos estrechos empiezan a ensancharse y, poco a poco, el propio Sol, a medida que se acerca y sin poder evitarlo, trae algo de claridad al camino.

A falta de 500 metros para coronar, la cuesta se empina aún más y el suelo se vuelve pedregoso y puntiagudo. Parece que El Sol no se rinde, cada vez alumbra más, pero tengo 15 minutos de ventaja y de nada le va a valer su persistencia.

A 50 metros empiezo a oír unos cascabeles. Unos caballos anuncian mi llegada victoriosa, un público inesperado que celebra mi triunfo. Espero al Sol sentado en una roca, sintiendo la fina lluvia sobre mí y la hierba mojada bajo mis pies desnudos.

Cuando llega, no puedo verlo bien, pero sé que está ahí, escondido tras la niebla, ¿estará avergonzado? Lo dudo mucho.

Me dispongo a volver y vuelvo a escuchar esa voz cálida en mi cabeza. “Quiero la revancha. Recuerda, en otro momento, probablemente en invierno, despertarás de nuevo en medio de la noche, y eso querrá decir que estoy listo. Y esta vez, seré yo quien te esté esperando. Agur.”

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