“24 horas previas a una maratón”

Fecha 20/10/2020

Te suena el despertador. Es sábado por la mañana, pero no es un sábado cualquiera: es el día previo a tu debut en la distancia de Felipides.

Desayunas lentamente, sin prisa. No llegas tarde al curro, y notas que el día es más pausado de lo normal. Más tarde, preparas la ropa y sales a hacer el entreno activo. Si eres de fuera, aprovechas para ver la ciudad mientras activas. Además, al ser el último rodaje antes de la gran competición, tus músculos empiezan a intuir la batalla que se les avecina. Realizas algunos sprints y, como de costumbre, notas esa pequeña molestia que te genera la duda de si mañana va a ser el día D.

El día D es el día de correr como nunca, de no dudar en cada zancada, de mantener un ritmo constante mientras tu cuerpo se mueve al son de la zancada y el braceo, de mirar hacia delante mientras otros corredores se quedan atrás, porque tu ritmo ese día sí es el soñado. Ese es el significado del día D en un corredor popular. Mientras imaginas tu carrera perfecta, vas a recoger el dorsal. Cuando lo miras por primera vez, tu vista gira en torno al número y automáticamente intentas relacionarlo con algún acontecimiento importante en tu vida. Si no lo asocias a nada, no te preocupes, a partir del día siguiente se convertiría en un número inolvidable, de esos que cuando los escribes o te los mencionan, te llevan a un recuerdo muy significativo. El número del primer maratón siempre se recuerda, es de los que pones en la pared de tu habitación para tenerlo siempre a la vista.

Tras coger tu dorsal, vas al briefing. Es el momento de saludar a los compañeros y amigos que, aunque durante unas horas pasen a ser rivales, al final de la prueba serán las personas con las que compartirás sensaciones, comentarios y enhorabuenas.

Por muchos años que pasen y por muchos briefings a los que vayas, este ritual siempre será imprescindible. Las preguntas y respuestas que obtendrás serán las mismas, son costumbres que nunca se deben perder. “¿Cómo te encuentras?” “¿Mañana iras a tope?” “¿Los últimos entrenamientos cómo fueron?” “– Uff regular, mañana veremos a ver, no me veo yo muy fino.” “– El entrenamiento del jueves no me dio muy buenas vibraciones.” A lo que tu respuesta siempre es “– ¡Seguro que genial, estás muy fuerte!”. Sin embargo, tú sabes que llega a tope, lo sigues en Strava y sus entrenamientos son de pura élite.

Con esta charla, pasa el tiempo y comienza el briefing. En primer lugar, es el turno de la élite, todo lo que digan es poco aplicable para un corredor popular, ni lo intentes si no quieres morir en el intento. Acaba la charla, es el momento de la foto con tu ídolo. Piensas en todos los entrenamientos que has tenido que pasar para estar allí, para conseguir esa foto que guardarás como un tesoro.

Llega la hora de irse a cenar con tus compañeros de viaje y de fatigas, cena que iba a ser light, pero acabas metiéndote entre pecho y espalda unas buenas pizzas, junto con una botella de agua (ya se convertiría en cerveza tras la carrera, es solo para bajar la cena). Las conversaciones se centran en el perfil de la prueba, la subida más alta, la bajada más técnica, y apostar por quien será el primero de la mesa en visitar al famoso “tío del mazo”. Se termina la cena y es el turno de la famosa fotografía con tus amigos de fatigas en la mesa, con el hashtag #CaminoAlMaratón.

Se termina la cena y das una vuelta por los alrededores de la salida/meta, la observas y sientes que te devuelve la mirada. Sonríes, y visualizas lo que sentirás en unas pocas horas, al cruzar ese bonito arco de meta. Aprovechas y te tomas una foto, mostrando ese número que ya forma parte de tu vida. Si eres supersticioso, no lo cruzas del todo, esperas al reencuentro del día siguiente, y te acabas marchando con la imagen de ese arco en la cabeza.

Mientras vas caminando al hotel a paso lento, sientes que la hora se va acercando, y quieres y sientes que necesitas esa paz contigo mismo, notas la tranquilidad que te da el caminar por la noche con escaso ruido. Solo tú y la oscuridad, el único testigo de tus nervios de primerizo en esto de las maratones.

Llegas a la habitación y comienzas a colocar las cosas que te han dado en la bolsa del corredor. Tras ello, coges la camiseta elegida para mañana, siempre acorde con el color de las mallas-pantalones (por supuesto de marcas diferentes, lo de llevar la misma marca son cosas de profesional). Turno de los calcetines, que en esta ocasión sí son de verdadero runner, altos y gruesos, para cuidar tus pies y evitar ampollas que puedan fastidiar tu gran día, no como aquellos diarios, cortos y finos que utilizas durante los entrenamientos. Las zapatillas, limpias e impolutas para la ocasión, las colocas encima de la ropa, coges los geles y alguna barrita que te obsequiaban con la bolsa del corredor y los añades en la mochila. ¡Ah! ¡Faltaba lo más importante! Coges el dorsal y lo colocas en tu camiseta. Ahora sí, ya está todo listo para mañana. Te acuestas al lado de la ropa y enciendes el móvil junto con los auriculares, respiras fuerte y escuchas aquella canción que sientes que va contigo y que te relaja. Al rato, apagas la luz e intentas dormir, mañana te espera tu gran día D.