“Un día de montaña para el recuerdo”

Fecha 18/11/2020

El domingo pasado fue un día distinto a otro cualquiera, un día que se ha quedado grabado en mi memoria y que, por mucho tiempo que pase y por muchas cosas que me ocurran, jamás se me olvidará.

A continuación, os relato mi historia:

Estaba en el salón de casa descansado un poco y, de repente, escuché a mi padre exclamar que estaba aburrido. Le pregunté: “¿Que te apetece hacer?” Mi asombro fue su respuesta, con una energía muy propia de él últimamente y con la sonrisa de un niño que, tras muchos años, quiere ir por primera vez a la montaña. Exclamó “hoy voy a subir a la Peña Rubia’’. Mi cara era todo un asombro, aun no sabía si estaría físicamente preparado, pero sentía la necesidad de ir con él, de acompañarlo y apoyarlo en esta aventura. ¿Por qué no? ¿Qué le impediría subir? Es un luchador y lo muestra a diario en casa con nosotros. Así que decidí preparar la mochila y acompañarlo en esta emotiva aventura.

Para quien no conozca la historia de mi padre, él estuvo sin poder salir de casa ni hacer una vida normal durante más de 10 años, debido a una enfermedad llamada ”obesidad mórbida”. A medida que pasaba el tiempo, la enfermedad le reducía su patrón de movimiento, llegado a tal punto que sólo podía salir de la cama para ir al comedor o al baño.

Hasta que, el año pasado, tuvimos una llamada muy esperanzadora y que nos alegró a toda la familia, especialmente a él. La llamada no era otra que la convocatoria para una operación: la reducción de estómago y el bypass.

A raíz de la operación, pudimos ver un cambio enorme en él, que le ha hecho ser otra persona. No solo por el cambio físico, que es asombroso (ha pasado de pesar 214 kg a 130 kg actualmente), sino que su actitud y comportamiento negativo han desaparecido por completo. Ahora es una persona positiva que mira hacia adelante, que nos alegra y nos motiva a todos.  

Llevaba mucho tiempo comentando que uno de sus objetivos después de volver a salir de mi casa y conseguir llevar una vida más o menos normal -cosa que ya ha realizado, porque es todo un valiente y un luchador nato-, era subir la montaña que veía todos los días desde casa, y de la que yo le hablaba, contándole todas aquellas anécdotas que me sucedían allí. Mientras se las contaba, veía cómo su estado de ánimo y su rostro eran una mezcla de ilusión y motivación alucinante.

Por otra parte, la Peña Rubia es una montaña que se encuentra enfrente de mi pueblo, a a unos 800+ de altitud, y es una montaña muy popular en la zona. Tiene fácil accesibilidad, y en ella se practican múltiples deportes como trail, escalada, parapente, mtb…

Una vez hechas las presentaciones, vamos con el relato de la ‘’Subida a la Peña Rubia’’. A las 11 de la mañana nos pusimos manos a la obra, y decidimos llevarnos al mejor guía posible, que no es otro que nuestro perro Kilian.

Mi pensamiento inicial era darnos la vuelta a la mitad, dado que el último tramo es bastante exigente y podía ser demasiada batalla para mi padre, y ya en otro momento, tras ya conocer mi padre el trayecto, completaríamos la subida entera.

Al comienzo de la ruta, nos encontramos con el padre de una gran amiga, y le comentamos lo que teníamos planeado llevar a cabo. Su cara fue todo un poema, e incluso su reflejo era de asustado, así que nos recomendó que fuéramos por la vía verde y tomáramos una ruta más asequible sin dificultad alguna.

Mi padre comenzó a reírse y, cuando nos despedimos de él, le pregunté “¿qué opinas?”, a lo que él me respondió “seguimos con el plan”.

Seguimos avanzando poco a poco hacia la cumbre, con sus respectivas paradas para descansar y tomar fotografías del entorno, hacía mucho tiempo que no lo veía así, tan feliz y motivado.

Durante el trayecto, subiendo a través de la ‘’ruta de la cantera’’, nos cruzamos con bastante gente, y podíamos ver cómo se quedaban observándonos atónitos, cuando veían a mí padre con esa fortaleza subiendo sin parar con su muleta.

Todo iba como la seda, hasta que llegamos a la zona de pista, último punto antes de hacer cima. Nos surgió el imprevisto de nos habíamos quedado sin agua y mi padre ya empezaba a notar el cansancio. Contra viento y marea, llegamos a la cumbre, y comenzamos a saltar juntos de emoción. Su rostro era pura alegría, lo había logrado. Era un momento único para él, tan feliz tras tantos años encerrado en casa y tantos varapalos superados, y yo, su hijo, tenía la suerte de estar compartiéndolo con él. Aunque fuese solo una cima de 700+, para él significaba mucho más que eso, eran horas de esfuerzo, lucha y coraje.

Ahora teníamos que bajar hasta casa, y analizamos la situación: nos faltaba agua para el camino, y la dificultad de descender por la senda también era un problema, así que juntos decidimos que lo mejor sería bajar por la pista, aunque resultase muy monótono y largo, ya que sería más fácil contactar con alguien y que nos recogiese.

La sensación de falta de agua resultaba un escollo difícil de superar para mi padre. Mientras seguíamos bajando, decidí coger la botella y bajar hasta el río que pasa por la falda de la sierra del Quipar. Cogí agua para entregársela y, de esta forma, hacerle más ameno el trayecto hasta casa.

Poco tiempo después de retomar la ruta hacia casa, nos cruzamos con dos amigos, Julián e Iván, que iban en coche. Tras valorar la situación, dado que eran las 5 de la tarde y todavía nos quedaba un buen tramo, sumándole el cansancio que cargaba mi padre, estimé que se nos podrían hacer fácilmente las 7-8 de la tarde. No llevábamos alimento, así que consideré que lo más coherente era poner punto y final a nuestro reto. El objetivo estaba más que cumplido, que no era otro que hacer cumbre.

Con todo este relato quiero haceros llegar que con constancia, lucha y con una mentalidad positiva, puedes conseguir cualquier cosa que te propongas. Espero que nuestra experiencia pueda inspirar e influir en más gente que aún no se ve capaz de lograr sus metas.